Quienes somos

Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Sena

Somos una Congregación Misionera, fundada por Santa Laura Montoya Upegui, el 14 de mayo 1914, en Dabeiba - Antioquia, Colombia, con los indígenas Emberá katíos, hoy estamos presente en 21 países, acompañando los pueblos indígenas, negros, afrodescendientes, campesinos, marginado y excluidos.

 

Hablar de las misioneras de la Madre Laura, es hablar, desde sus inicios, de la feminidad latinoamericana. Es hablar de la presencia del rostro materno del Dios de la historia en las realidades más difíciles de nuestro continente. De la Palabra viva que busca devolverle la vida a hombres y mujeres de la selva, del páramo, de los rincones inhóspitos de países en donde muchos seres humanos se preguntan: ¿Por qué unos lo tienen todo y otros carecemos de todo? ¿Por qué no tenemos derechos?

 

Es hablar, en su origen de la mujer colombiana que nacida en las montañas de Antioquia a finales del siglo XIX se sintió empujada por la fuerza del Espíritu desde muy temprana edad a vivir la dimensión del servicio fraterno buscando hacer más digna y más humana la vida de hermanas que por ser diferentes en su cultura, estuvieron arrinconados en las selvas de Colombia por muchos siglos, desde la época colonizadora de los grandes imperios europeos de mediados del segundo milenio.

 

Esa mujer, llamada Laura Montoya Upegui, sintió en su corazón el clamor y el dolor de los pueblos indios y negros de Latinoamérica. Porque para ella, "fue indio todo anhelo, india la luz que le promete el cielo y también indio el corazón de Dios" (Jorge Robledo Ortiz). Al experimentar en ella el amor paternal de Dios, sintió volverse madre espiritual de los indios y desechados de la sociedad.

 

Quería hacerles sentir, como ella había sentido, el amor de Dios Padre que nos crea, de Dios Hijo que nos salva y de Dios Espíritu que nos ilumina y fortalece. Laura fue una convencida de que sólo a través de la toma de conciencia de la filiación divina se puede dinamizar un proceso de dignificación en libertad y justicia que garanticen la vida, la realización y la felicidad, el amor a la vida y el respeto a ella, el uso los derechos y la responsabilidad de los deberes. Su ideal fue caminar con ellos, a su ritmo hasta llevarlos a recuperar aquella autonomía creadora que habían perdido y que en nuevas condiciones dignas y dignificantes vivieran su identidad en medio del nuevo mundo que había surgido a partir de la colonia y la conquista.

 

La Congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Sena, actualmente está constituida por mujeres de diversas nacionales, constituyendo la mayor riqueza de ésta, como lo dicen sus Constituciones

 

Hoy las misioneras de la Madre Laura, construyen, desarrollan y acompañan diversos proyectos y procesos que emanan de las pastorales indígenas, afro, afrocaribeña y campesina,  en coordinación con la Iglesia Local y las organizaciones propias de los pueblos que acompañan. 

Nuestra Misión

Las Misioneras de la Madre Laura, buscamos saciar la Sed de Jesús, manifestada en la búsqueda constante de ver a toda mujer y hombre realizados. Hacemos opción preferencial por los pueblos indígenas, afros, afrodescendientes, en riesgo de extinción y campesinos.  Estamos comprometidas en la conservación y defensa de la Naturaleza "Casa Común" hoy herida. Nuestro relato místico, profético y de comunión va sucediendo en la cotidianidad de las comunidades locales y los pueblos empobrecidos que acompañamos y servimos con recursos humanos, comunitarios, económicos y estructurales.  El cambio sistémico y la incidencia política son los lugares y medios de nuestra misión itinerante, en la periferia y de nuestro testimonio martirial.

Promovemos el surgimiento de ministros laicos, acompañando las organizaciones que representan sus legítimos derechos e identidad, para el crecimiento de las iglesias locales autóctonas, que enriquezcan la iglesia universal. También acompañamos comunidades no cristianas, a quienes respetamos su credo religioso y buscamos compartir la experiencia interior respetando las diferencias, valorándolas y aprendiendo de ellas.

Como Misioneras de la Madre Laura, tenemos la metodología legada por nuestra fundadora, la cual se desarrolla en la labor pastoral: en  excursiones misioneras, centros móviles de misión y visitas domiciliarias. El objetivo es ir hasta las comunidades, familias y personas, siendo cercanas a ellas, venciendo las distancias geográficas, culturales y humanas. Y el punto de partida en la labor misionera es el conocimiento de la realidad, la toma de conciencia de ésta. El análisis y juicio de esa realidad a la luz de la Palabra de Dios presente como semilla y fruto en todos los valores que constituyen la cultura.


Actualmente hacemos presencia en: Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Paraguay, Brasil, Panamá, Guatemala, Honduras, México, República Dominicana, Haití, Cuba, República Democrática del Congo, Angola, Italia, España y Costa Rica.

Nuestra acción pastoral cubre las siguientes áreas:

  • Pastoral Educativa
  • Pastoral Familiar.
  • Pastoral de la Tierra.
  • Pastoral de la Salud.
  • Pastoral Ministerial
  • Pastoral Catequética-Sacramental.
  • Pastoral de la Promoción de la mujer.
  • Pastoral juvenil.
  • Pastoral de Acompañamiento a Organizaciones Populares.
  • Pastoral de Emigrantes.
  • Pastoral de Comunidades cristianas.
  • Pastoral de acompañamiento a comunidades desplazadas.

Nuestro Visión

Como Misioneras de la madre Laura tenemos formación integral: humana y profesional en los campos que requiere la misión, para el anuncio del Reino y el acompañamiento efectivo y concreto de los pueblos donde vivimos nuestro compromiso misionero; desarrollando y fortaleciendo las dimensiones: antropológico espiritual, psicológico, social, político, religioso, y cultural. Siendo Misioneras y relligiosas conocedoras de la historia y la realidad  de los pueblos que acompañamos y conocedoras de la historia del mundo y de las políticas dominantes. Y con el carisma legado de nuestra fundadora somos mujeres misioneras y religiosas, de oración, caritativas y misericordiosas, audaces, creativas, arriesgadas, alegres, generosas, pobres y a prueba de todo, por el anunco del reino y la liberación de todo hombre y mujer. Apostamos por la defensa de la vida y de la naturaleza que es nuestro hábitat, que posibilita la vida digna para todas y todos. Respetando y dignificando la vida plena del hombre y de la mujer.

Miramos el mundo, desde un espacio social muy concreto: el lugar del pobre, del marginado y del excluido. Desde esta realidad vivimos y participamos para tomar y asumir el comprimiso concreto con la historia y la construcción del reino.

Asumimos los valores y actitudes propias de la justicia, vista como igualdad, fraternidad, solidaridad, respeto, organización, responsabilidad, participación y comunión en la diversidad. Participamos de los procesos que fortalezcan la paz, el respeto de la vida en cada una de sus etapas y de la naturaleza.

Carisma y Espiritualidad

Nuestro carisma es un don de Dios a la Iglesia por el cual nos consagramos a seguir comunitariamente a Jesús sediento de la gloria del Padre, para la proclamación del Reino entre los indígenas preferencialmente, entre los no cristianos y marginados. Con María Inmaculada Madre y Maestra de la Congregación vivimos nuestra misión, insertas en el pueblo, desde la fe, la esperanza y el amor, con un estilo de vida pobre, humilde, abnegado, sencillo y alegre, con ardiente celo apostólico y en actitud itinerante y contemplativa.


Nuestro que hacer carismático nos ha llevado a la convicción de que el mundo y todas sus instituciones, incluyendo las eclesiásticas de los diferentes credos religiosos han sesgado la construcción del mundo según el modo de ver, pensar y actuar de los hombres. Hemos irrespetado la creación polarizando la humanidad al solo sexo masculino, dejando lo femenino de la humanidad y de la creación reducido casi al solo aspecto de la procreación. Muchas veces nos preguntamos, si el caos que hoy vivimos en buena parte no se debe a esa participación mutilada de la humanidad Pero también sabemos que si hemos sido víctimas de esa marginación, somos responsables en buena parte de esa falencia. Si miramos la vida de tantas mujeres como la Madre Laura, y otras que en nuestra historia han sido capaces de ubicarse en su sitio y de aportar toda aquella riqueza humana femenina que poseen, rompiendo esquemas estructurales propios de sus épocas, aceptando los desafíos y dificultades que conlleva una convicción de igualdad, no nos queda más remedio que reconocer nuestra complicidad en esa imaginación y desconocimiento de nuestra feminidad.

Son muchos años, durante los cuales el carisma misionero de la Madre Laura se ha abierto paso por entre selvas, páramos, llanuras y montañas, siempre buscando la frontera, caminando con los pies entre el pantano y el corazón elevado; con aciertos y desaciertos, caídas y levantadas, voces de apoyo y de ánimo, reproches y desprecios. Pero sobre todo con fuerte celo apostólico, válvula de escape del amor, como lo dice madre Laura, sedientas de saciar la sed de Cristo pronunciada en la cruz, haciendo del SITO (palabra en latín, que significa Tengo Sed), el lema de nuestra Congregación.

Hoy somos alrededor de 550 hermanas que en 21 países, vivimos la utopía del Reino de Dios entre los pobres, marginados y excluidos,  soñamos un mundo diferente, en el que todos seamos hermanos, viviendo en iguales condiciones, en donde la fraternidad, el respeto y la libertad sean el rostro de la justicia que Jesús nos enseñó; con nuestros pies pisamos a diario la realidad dura, globalizante y dominadora, competitiva y excluyente; con nuestro espíritu buscamos aterrizar nuestros sueños en procesos de acompañamiento que son pequeñas semillas de mostaza, que se hunden en la tierra y desaparecen para dar vida muriendo, para que lo pequeño se vuelva grande porque construye y dignifica.